ELLA
Fernando Cuevas de la Mora
Ardo en deseos por llegar a estar con ella.
Es tan cómodo para mí verla, porque sin importar la hora ni el día, está esperando por mí.
Nunca me ha recibido de mal humor. Al contrario; me escucha con mucha paciencia cuando hablo en voz alta. No me critica por nada. No me pide que recoja mi ropa aun cuando la deje regada por la habitación.
Es tan educada que aun cuando entro en ella no se queja. Siempre está dispuesta a eso.
Luego, durante algún momento de la noche, me da consejos o simplemente, mientras repaso el día, me puede despejar algunas dudas.
Jamás me pide explicaciones de nada. Nunca me pregunta ni en dónde estuve ni con quién, ni tampoco me sanciona si llego tarde o con algunos tragos de más.
Ella cobija mis sueños, mis inquietudes; mis angustias. En otras palabras; se encarga de cuidar que mis pesadillas no me torturen.
Deja que mi conciencia hable; que mi mente divague con libertad.
Puedo soñar con otras. Probablemente lo sabe porque comienzo a tocarme; señal inequívoca que estoy teniendo sexo con quien menos me lo imagino y sin embargo, nunca me despierta ni con el más leve movimiento para que pueda llegar hasta que cambie de mujer o de escenario.
Me abraza cuando empiezo a dormirme; si tengo frío me cobija; si tengo calor, me refresca haciendo mis sábanas a un lado.
No se queja si ronco; si hablo dormido o sueño despierto mientras me paso las horas con insomnio. No le molesta que me levante una o dos veces durante la madrugada al baño. Ella siempre está despierta para servirme.
No le importa inclusive, si otro cuerpo duerme conmigo porque comprende mis deseos y mis necesidades. No es celosa en ese aspecto. De hecho, hasta comparte el espacio porque sabe que la otra, no dejará su amor en la habitación.
No se molesta si veo la televisión a un volumen alto; tampoco si me pongo a ver una película y regreso la escena seis veces para analizarla. Mucho menos si me pongo a comer galletas dejando las migajas regadas en la sábana o si hago ruido al masticar. Tampoco se queja si me pongo a leer hasta muy noche porque no le incomoda que tenga la luz de la lámpara encendida.
Sin sus mimos, estoy seguro que me levantaría cansado; de muy mal humor.
Sin ella, no podría dormir.
No importa que yo no llegue a casa; ella sabe que tarde o temprano, regresaré a sus brazos.
Siempre ha estado conmigo y nunca la dejaré.
Hasta podría decir que la amo más que a nadie.
Así de silenciosa; de fiel y de complaciente es conmigo.
Por todo esto, amo mi cama.